¿Crees en el destino? Pues... lee el siguiente cuento (que estará dividido en dos partes para no cansaros) de quien pudiera ser... cualquiera...

EL MUNDO DE LOS SUEÑOS I

Cada mañana, sin darme cuenta casi, comenzaba la monotonía del día pensando en ello. El deseo de encontrar el libro de mis sueños podía conmigo; aquel libro en el que mi tez se reflejaba constantemente, tanto cuando estaba despierto, como cuando no lo estaba.

La primera vez que vi el libro en mis sueños fue una noche de verano; una de esas noches en las que el calor sofocante no te permite dormir hasta que el cansancio de rodar a un lado y otro de la cama puede con los párpados agotados, cuando el cansancio del día se confunde con la brisa nocturna deseada que emanaría del horizonte. Y es únicamente entonces cuando tu cuerpo obedece y cae en el más profundo de los sueños. Recuerdo cada detalle ¡Quince años habían pasado!

...Salí gateando de aquel infierno, intentado evitar que el polvo penetrara en mis ojos y en mi boca, y la única forma de hacerlo era aferrándome al suelo con mis uñas y haciendo un tremendo esfuerzo con cada uno de los músculos de mi cara. Primero no me moví, temía salir despedido y acabar mis días con un golpe de roca. Luego me arrastré. ¡Maldito tornado..., maldito seas mil veces...! Me di cuenta de que la luz de la habitación estaba encendida. La apagué y miré al techo. El calor entonces también era asfixiante, me había hecho sudar. ¿O era el tremendo esfuerzo?... Continué arrastrándome sin pensar en nada ni saber hacia dónde me dirigía, pero no me importaba, tan sólo quería salir de allí. Creo que pasaron horas, o incluso puede que fueran días, no lo sé, perdí la noción del tiempo. Eran las cinco de la mañana, y maldije el despertador de antemano, pues sabía que iba a sonar en dos horas. Todo había terminado, ahora tan sólo percibía un profundo dolor en mis manos, ¡no!, en mis uñas. Recuerdo que, sin levantarme del suelo aún, me llevé las manos al pecho y grité..., grité al mismo tiempo que el verdugo de mi sueño bramaba enloquecido. Mi primera reacción fue mirarme las manos..., después, el movimiento mecánico de cada mañana apagó el despertador. No recuerdo nada más, pero estoy seguro de que aquella fue la primera vez que vi el libro. No recuerdo cuándo, ni dónde, ni cómo, tan sólo sé que lo vi.

Desde entonces no lo he podido apartar de mi mente.

No volví a soñar hasta dos años después de aquella primera vez. Sin embargo, había habido algo en aquel primer sueño que hacía que cada noche me acostara forzando mi memoria para recordar la forma, el color, el tema o... de aquel libro. Intentaba de alguna forma provocar a mi subconsciente y que me condujera de nuevo a aquella maravilla. Pero mis esfuerzos habían sido en vano hasta que... Había dejado el tornado atrás, cada dos o tres pasos volvía la cabeza para cerciorarme de que no me seguía y podía vislumbrar cómo iba arrasando todo lo que encontraba a su paso. Aún no me podía explicar cómo había conseguido que no me poseyera. El dolor de mis manos se había convertido en agradecimiento. A mi derecha, arena; a mi izquierda, desierto; a mi espalda sombras de vegetación perdida y al frente, nada salvo un sol cegador que intentaba esconderse avergonzado. Continué andando, pero me di cuenta, una de las veces que miré al suelo, que estaba caminando sobre mis propias huellas así que decidí acostarme sin más techo que la luna y la noche y dormir... El reflejo radiante de la luna en el cristal me había hecho despertar. Las estrellas parecían bailar a su alrededor como hipnotizadas. De pronto, pararon su ritmo hasta quedarse inmóviles y una gran nube negra seguida de un ruidoso trueno las cubrió. Podía imaginarme a la luna luchando por escapar de aquella cortina y dos lágrimas recorriendo su cara Llena... Otro trueno, después, silencio... Noté cómo algo tiraba de mí, abrí los ojos y pude ver a un coyote mordisqueando el puño de mi manga. Asustado lo espanté, pero no se inmutó: si no me había atacado cuando estaba dormido, no lo iba a hacer estando despierto, ¿o sí? La soledad del lugar nos acompañaba a ambos. Me incorporé un tanto atemorizado y el coyote se alejó unos pasos mirando hacia mí. Comenzó a andar volviéndose de vez en cuando. Aturdido y atónito lo seguí muy de cerca. Me estaba guiando, ahora lo tenía claro.

...Pasaron semanas, no recordaba haber bebido ni comido desde que el tornado pasara sobre mí, pero no tenía hambre, tan sólo caminaba detrás de aquel ángel incansable venido de quién-sabe-dónde. Paró, miré a lo lejos y vi una luz brillante, luego miré a mi salvador con cara de agradecimiento y ya había desaparecido... ¡Me estaba acercando!, ¡me estaba acercando!, repetí una y otra vez mientras el sol penetraba entusiasmado por los indefensos cristales de mi ventana.

Era superior a mis fuerzas, no podía dejar de pensar en qué se escondería detrás de aquella luz que había visto en mi sueño. No podía concentrarme en mis estudios, ni en mis padres. Prácticamente vivía para que la historia acabara de una vez. Y así un año, y otro... Sentía una intriga inenarrable: ¿Volvería a soñar con aquello otra vez? ¿Se había acabado allí?... No, no podía ser. Yo había visto el libro desde más cerca, lo había tocado, lo había abierto e incluso lo había empezado a leer. Estaba seguro. A pesar de todo, tan sólo yo parecía haberse dado cuenta de mi ansiedad. Era simplemente un niño de trece años y ya sentía motivación por algo: un libro, ¡nadie me creería! Un niño de trece años tan sólo se dedica a jugar y perseguir confundido a las chicas, unas veces de su clase y otras veces no.

(Continuará...)

lusaro