"... y alargaste tus brazos aún pesados y rodeaste mi inocencia mientras dejaba de llorar por el frío que había sentido..."
Aún recuerdo los latigazos de dolor que sentí al abrir los ojos entre las tinieblas de la habitación. Gente y más gente extraña me rodeaba sin saber ni entender por qué. Cuando por fin conseguí apreciar tu figura entre aquellas sábanas manchadas de sangre, me di cuenta de que nos estaban separando. El llanto se hizo más fuerte y monótono, hasta casi dejarme sin respirar. Entre aquel tumulto de palabras y aquellos trapos blancos que intentaban secar mi cuerpo sentí el calor de unas manos que no eran las tuyas, y entonces fue cuando comencé a temblar...
Por primera vez vi los barrotes que me rodeaban por todos sitios, una mullida almohada y nada de ropa encima, pero no te puedes imaginar lo frías que estaban aquellas barras que se erigían ante mí amenazantes. A mi derecha, un muro impenetrable, a mi izquierda otra cárcel de rejas y tú, ¿y tú?... Tú me estabas esperando impaciente en la habitación de al lado, sí, ¿recuerdas?... Aquella habitación al la dode la escalera que al principio pensaba que conducía al fin del mundo,aunque después me enseñaste que sólo era la salida. La salida al infierno. Jamás me hubiera imaginado que, mientras me sostenías con fuerza por miedo a dejarme caer, bajaras las escaleras tan decidida ycon aquella enorme sonrisa en tus labios, pero la esperanza es loú ltimo que se pierde, ¿verdad? Y sin embargo, sabiendo qué había alotro lado, cruzaste aquella enorme puerta de cristal irrompible y me enseñaste la luz del sol.
Ahora, tras estos otros barrotes bien distintos a aquellos que me rodearon por primera vez, te escribo, madre, y suspiro junto a las frías paredes que me rodean, y te echo de menos y... y te quiero. Ahora, ahora es cuando me pregunto por qué no te escuché, ahora es cuando apago mi sed de ti con tan sólo un pensamiento y es que, ¿sabes, madre?, te echo de menos. Entre estas sábanas carcomidas por el tiempo y la maldad de cuantos se han postrado en ellas como yo, recuerdo tus caricias, tus besos, tus palabras de amor que desoí cuando me abrazó la dura realidad de todo lo que busca cobijo bajo el sol. ¡Quisiera no haber crecido!. Creo que tan sólo entonces me hubieras conservado a tu lado. En estos momentos de amargura merecida quisiera seguir sintiendo tus cálidas manos sobre mi piel blanca y tus susurros en mi oído que me hacían reír y, sin embargo, madre, es tarde. Presiento que cuando recibas esta carta y tengas en tu mente mi imagen deteriorada por la que fue mi ruina, la que me condujo irremediablemente tras estos otros barrotes, el temible polvo blanco que se esconde tras todas las esquinas, tu hijo, ese hijo al que tanto has amado y que no supo corresponderte, habrá desaparecido...
Mas ¡no! ¡No llores, madre! ¡Que no derramen tus ojos ni una sola lágrima inmerecida por aquel hijo que, solo y desnudo ante la vida, ansiaba tu presencia y que cuando tuvo la oportunidad de disfrutar de ti, se dió la vuelta y te rechazó, como Pedro rechazó a Jesús ante el temor de ser juzgado como él! ¡Que no derramen tus ojos ni una sola lágrima de tristeza por alguien que no lo merece! ¡Cuántas veces me avisaste! ¡Cuántas veces me abrazaste cuando la necesidad me hacía temblar con horror! ¡Cuántas y cuántas veces me diste cobijo en tu pecho como aquella primera vez que bajaste las escaleras! ¡Cuántas veces te mentí diciéndote que mis ojeras eran de no dormir! ¡Cuántas veces me hubiera gustado volver a nacer de ti!... ¡No! ¡No llores! ¡No llores!, madre, que yo, ese hijo desagradecido, te seguiré admirando desde el cielo...
Adiós, madre...
Lusaro

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados