Yo tenía un grupo de teatro. Como aquel melancólico “yo tenía una granja en África” de la inolvidable Caren Blixen el sonoro decasílabo resuena en mi torturada cabecita. Sí, yo tenía, teníamos un grupo de teatro. Ya no. No fue fácil crear ese grupito. Recuerdo aquellos primeros años y las obras que representamos desde entonces: El juez de los divorcios, Esto es Troya, Llega la Revolución, Cigarras y hormigas, El príncipe que todo lo aprendió en los libros, La cabeza del dragón, y la más cercana y probablemente la última: El fantasma de Canterville. Siete obritas, siete años de desvelos, coordinación entre Departamentos, solidaridad de los alumnos, sacrificios, risas, compañerismo...
No fue fácil formar el grupo. Se ofrecía como optativa y al principio sólo catorce muchachos la eligieron. Este año eran veintiuno y el anterior veinticinco. Supuso un gran esfuerzo consolidar la materia. Mucho trabajo conseguir la solera que hoy tiene. Durante tres años consecutivos hemos participado fuera de concurso en el Certamen de Teatro no profesional de Arroyo de la Luz..., hemos representado para los niños de las escuelas,llevado los autores clásicos a las aulas. Año tras año, el Salón de Actos del Centro se llenaba y se producía el milagro. Los alumnos callaban para escuchar y ver y reír y disfrutar con sus compañeros. Nada comparable a los nervios del estreno, a la satisfacción de contemplar cómo chicos que al empezar el curso apenas sabían vocalizar, ni moverse se desenvolvían en escena con la ilusión, la gracia y el encanto que sólo el teatro pude conseguir. Como en las palabras de aquel personaje de Shakespeare in love: No se sabe cómo pero al final todo sale.
Yo he ido vivido ese milagro año tras año. He visto a Ulises y Héctor, Napoleón y Josefina, la cigarra perezosa y la hormiga hacendosa, al príncipe, a las hadas, al fantasma y más y más personajes encarnados mágicamente en los muchachos. He visto a Domingo y a Iván vencer su timidez y arrancar carcajadas de sus compañeros y aplausos y vivas; he visto a Beatriz vocalizar como una actriz profesional y a Crístofer que no se tomaba nada en serio, con los nervios agarrados al estómago bajo el peso de su responsabilidad. He visto crecer en los chicos desde el escepticismo inicial, la solidaridad, el compañerismo, el espíritu de equipo, el esfuerzo y al final la satisfacción por el éxito obtenido entre todos. He visto a los del Taller de mantenimiento y decoración del Hogar trabajar en los recreos para tener a tiempo el decorado, a las madres ilusionadas e implicadas hasta el fondo con los trajes de sus hijos- ¡con lo que cuesta a veces que las madres y los padres se acerquen al Instituto!- Nunca olvidaré el orgullo en los ojos de los padres de Álvaro Luis, convertido por la magia del teatro en el guapísimo Lord Cheshire.
Bueno, pues todo eso se ha terminado, porque en la nueva reforma educativa ya no hay en tercero de ESO asignaturas optativas de libre elección. En cuarto se podrán ofrecer, pero fuera del horario lectivo. No creo que mis chicos en un centro rural apuesten por quedarse dos horas más a la semana, a las tres de la tarde; sería demasiado milagroso y ¿qué quieren que les diga? estoy algo deprimida. Se me podrá argumentar que la Lengua o Matemáticas o Sociales o Inglés son más importantes que el Taller de teatro pero nunca entenderé que los mismos que fomentaron la inclusión de esta materia en el currículum la borren de un plumazo años después sin dar ninguna explicación.
Los que conocemos y amamos el teatro sabemos que es una medicina para el alma como pocas, que aúna trabajo, cultura y diversión, fomenta las habilidades sociales, hace crecer en valores, enseña a dominar la expresión corporal y verbal, ayuda a vencer la timidez, aumenta la autoestima, en fin que es un espectáculo estético, cultural, artístico y educativo como pocos, herramienta que enseña, divierte y enaltece al que la ve y al que la practica y arma magnífica para la integración. Bien, pues ya lo han desterrado de las aulas, de momento. Yo soy terca, persistente, animosa y luchadora. Si El teatro del pueblo de Alejandro Casona o La Barraca de García Lorca, dentro del proyecto de las Misiones Pedagógicas consiguieron llevar el teatro al último rincón de la geografía española, nosotros que lo tenemos más fácil no vamos a quedarnos parados, pero estos señores de la Administración, supuestosherederos de aquellos educadores inspirados por la Institución Libre de Enseñanza podrían quizá improvisar menos y estudiar más.
CM-F
